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2 Jun
2010

De reglas que estorban a reglas que ayudan

Políticas públicas y Urbanismo, Vanguardia

En 1989 el Gobernador del Estado firmó la Declaratoria del Centro Histórico de Saltillo, protegiendo 129 manzanas en el corazón de la ciudad. El objetivo era defender nuestro patrimonio cultural de la vorágine del crecimiento urbano. Aunque para los propietarios puede parecer indispensable poder modificar sus inmuebles para hacerlos más habitables o más amigables a la explotación comercial, las autoridades de la época identificaron que permitirlo en el Centro representa una seria amenaza. La razón es clara.

Si cada particular hace lo que le conviene, las próximas generaciones perderán la oportunidad de disfrutar del Saltillo típico, arquitectónicamente homogéneo y caminable que conocieron nuestros abuelos.

Desde entonces los propietarios de predios ubicados en esta zona requieren autorización de la Junta de Conservación para cualquier proyecto de modificación a sus edificios. Según el Reglamento, por ejemplo, quedan prohibidas las alteraciones al tamaño de puertas y ventanas (art. 22), el uso de más de dos colores en las fachadas (art. 24), construir edificios de más de dos niveles (art. 26), utilizar herrería fuera de la tipología autorizada (art. 29), o colocar anuncios sobre los techos (art. 36). Cada detalle, hasta el más pequeño, necesita luz verde gubernamental.

Por una parte, esta política ha cumplido con sus objetivos.

Edificio Telmex en el Centro. No solo feo, sino que tapa la Catedral

Quizá su existencia evitó que el Centro se llenara de espantosos edificios como el que ocupa Telmex en la calle de Hidalgo, o que se demolieran iconos del pasado como el desaparecido Banco Coahuila en la Calle de Victoria. Sin duda el trabajo dedicado de la Junta de Conservación del Centro Histórico ha salvado a innumerables casas típicas del mal entendido progreso.

Sin embargo, ninguna intervención gubernamental está exenta de efectos secundarios. Como resultado de esta regulación ha dejado de invertirse mucho dinero en el Centro. Los propietarios e inversionistas con proyectos pronto descubren que lo establecido por la autoridad implica presupuestos que no pueden justificarse. En algunos casos, el asunto queda resuelto tras prologadas negociaciones que explotan la discrecionalidad de la autoridad. En otros, el resultado es el deterioro de nuestro patrimonio cultural, pues los propietarios concluyen que la única válvula de escape es permitir que sus edificios se caigan.

Lo más grave es que la sobreprotección fortalece las contradicciones que definen al mercado inmobiliario en Saltillo.

Mientras que los constructores señalan que ya no hay predios para edificar vivienda a precios accesibles, existen edificios subutilizados y corazones de manzana vacantes en la mejor zona. No solo eso. La falta de locales funcionales obliga a los comercios a abandonar el Centro, reubicándose en los grandes desarrollos de la periferia. Y hasta el Gobierno prefiere renovar edificios en otros sitios (como el del Centro de Convenciones) o levantar nuevos inmuebles (como los del Centro Metropolitano) antes de dotar a sus burócratas con oficinas dignas en el corazón de Saltillo. Mientras el Centro se vacía, construimos grandes desarrollos residenciales, comerciales y burocráticos en sitios cada vez más alejados, acelerando la pérdida de densidad en la ciudad, y condenando a cada vez más ciudadanos -ricos y pobres- al uso del automóvil para garantizar su movilidad. Es urgente hacer algo.

Por esto celebro que el Alcalde impulse reducir significativamente la extensión de la zona protegida. Es verdad que la gran mayoría de los inmuebles culturalmente relevantes están en 40 manzanas, y que el resto pueden identificarse y protegerse en lo individual. La medida permitirá concentrar las inversiones del Gobierno en una zona más compacta, y liberará al resto del Centro de la tramitología que impide potenciar su uso.

Pero si eliminar las reglas que ahogan al Centro es un buen primer paso, no podemos dejar de pensar en el paso que sigue.

Para acelerar la llegada de las inversiones deseadas, hace falta establecer un agresivo esquema de incentivos. El alcalde ha declarado que las manzanas que queden exentas serán “zona habitacional”. ¿Pero cuál será la densidad autorizada? Para competir con los grandes terrenos a bajo costo de la periferia, es preciso permitir la construcción de más pisos. ¿Qué tan rígidos serán los requisitos de estacionamiento? No hay por que requerir los mismos cajones que en otras áreas de la ciudad, pues es una zona altamente conectada por transporte público. ¿Qué beneficios fiscales habrá para quien invierta en esta zona y cómo van a incentivar los usos mixtos? Necesitamos suplir el garrote con zanahorias, pues la mano del mercado será insuficiente para mantener los espacios diversos y con vida peatonal que caracteriza a esta zona de la ciudad.

En resumen, para ayudar al Centro hay que cambiar las reglas que estorban por reglas que ayudan.

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  • taniizz

    lo k le falta son las cosas geograficas
    como su escala cartografica,cordenadas graficas y puntos cardinales