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23 Feb
2010

Con el agua hasta el cuello

El Universal, Infraestructura

Imagen por Gelamakasplace CC BY-NC-ND 2.0

Por José Antonio Correa* y Onésimo Flores

(este artículo salió publicado en El Universal el 27 de Febrero)

Se inundó de nuevo la Ciudad de México y seguimos sorprendiéndonos.

Ocurrió por vez primera en 1555, después en 1580 y nuevamente en 1607. Pero la inundación de 1624 fue la peor, pues las calles de la ciudad duraron cinco años bajo el agua. Sin embargo, en lugar de reubicar en otro sitio la incipiente capital del virreinato, los españoles decidieron apostarle a la ingeniería. En el curso de un siglo, construyeron un ambicioso sistema de túneles y canales intentando sacar el agua del Valle de México.

Ciudad de México, década de 1920. Primer colapso de la obra porfiriana. Fuente: Arqueomex

Nació el México independiente y la capital seguía inundándose. Por ello, en 1865 los ingenieros mexicanos propusieron un “gran canal” que completaría el proyecto de los españoles: desecar los lagos. Cuando terminaron la obra en 1900, Don Porfirio pudo ver como ese objetivo se cumplía, pero que no por eso dejaba de sumergirse periódicamente su capital.

Inundación de la Ciudad en la década de los cincuentas. Fuente: Arqueomex

Las inundaciones de 1950 y 1951 reanimaron la búsqueda de una bala de plata que solucionara definitivamente el problema. La discusión derivó en el proyecto del drenaje profundo, cuya construcción duró de 1967 a 1975. Lamentablemente para entonces la población había crecido tanto -particularmente en la zona desocupada por el Lago de Texcoco- que ya se sabía que los 136 kilómetros de la obra serían insuficientes.

Así ha sido la historia de la ingeniería hidráulica en la Ciudad de México.

Siempre hay una obra de infraestructura que promete resolverlo todo, y siempre la naturaleza se sale con la suya.

Decir que urge una visión distinta es repetir lo obvio. No han sido pocos los urbanistas que durante los últimos veinte años han recalcado una y otra vez que hace falta replantear la política hidráulica de la Ciudad de México. Las paradojas hablan por sí mismas. ¿Cómo es posible que traigamos el agua que consumimos desde tan lejos, y que no podamos aprovechar la que nos cae del cielo? ¿Cómo puede ser que hace apenas unos meses el tema fuese la escasez del líquido, y que ahora nuevamente estemos hablando de inundaciones?

Más de lo mismo

Desafortunadamente, la reacción de nuestras autoridades ante la reciente tragedia tiene cierto sabor a deja vu. Se anuncia el dragado de canales, la rehabilitación de plantas de bombeo y la mejora de los sistemas de desagüe. No se habla de la necesidad de eficientar nuestro consumo, ni de aprovechar el agua de lluvia. El énfasis parece estar otra vez en luchar contra la naturaleza y no en trabajar con ella. ¿O en qué se diferencia el tipo de obras propuestas de las impulsadas por los españoles, por Don Porfirio y por los mexicanos del siglo XX? ¿En serio no hay solución más ambiciosa en la mesa que el Emisor Oriente, que pretende incrementar aún mas la capacidad de desalojo de las aguas que caen en el Valle de México?

Hay alternativas que se han planteado pero que misteriosamente no aparecen en los primeros lugares de la lista de prioridades. Algunas de ellas están contenidas en el Plan Verde del Distrito Federal y en el Programa de Sustentabilidad Hídrica del Gobierno Federal, como son por ejemplo la construcción de pozos de absorción, el rescate de barrancas o la regulación sobre el aprovechamiento de agua de lluvia en nuevas construcciones. Poco se ha dicho en estos días acerca de la gigantesca planta de tratamiento en Atotonilco, que lleva más de 15 años planteándose, y que permitiría un mejor reuso del agua que tiramos en Hidalgo. Dada la visibilidad del problema en fechas recientes, estos proyecto encontrarían importante respaldo entre la ciudadanía si tan solo fuesen planteadas con aplomo por nuestros líderes.

No hay tiempo que perder

Si bien la forma en que se pensó y construyó el sistema de agua de nuestra ciudad, hacen poco factible imaginar un giro de 180 grados en el corto plazo, no podemos seguir guiándonos por las prisas y las inercias. Las zonas de la ciudad que aún tienen gran déficit en su infraestructura hidráulica son lugares inmejorables para virar el timón, pues es ahí donde mejor pueden aprovecharse las tecnologías alternativas de provisión y desecho de agua. Pero hay que empezar ya.

Ojala que tener el agua hasta el cuello no nos impida ver que las inundaciones no son sino el síntoma de un problema mayor: el manejo ineficiente e irracional de nuestro recurso hídrico. Convertir a la Ciudad de México en un modelo de administración sustentable del agua ya no es sólo una aspiración de los ambientalistas, sino una necesidad para toda la población. Hay que exigirlo.

José Antonio es estudiante de la Maestría en Planificación de Ciudades del MIT. Está escribiendo su tesis sobre el manejo del agua en el Distrito Federal. Pueden contactarlo en correaib@mit.edu

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