2009
¿Qué podemos aprender de Brasil?
El Universal
Todos en México hablan de Brasil. No es para menos. Petrobrás invierte en otros países, mientras que Pemex no puede invertir en sí misma. El depuesto Presidente de Honduras prefirió refugiarse en la embajada brasileña y no en la nuestra. En plena crisis, los sudamericanos amplían su “Bolsa Familia”, mientras que el padrón de nuestro “Oportunidades” permanece prácticamente estancado desde 2004 (ver gráfica). La noticia es que allá comienzan a reducir sus niveles de desigualdad, mientras en México continuamos perdiendo empleos y ampliando el número de pobres. Y ahora resulta que los cariocas organizarán las Olimpiadas del 2016 y el Mundial del 2020, mientras que nosotros seguimos atorados con los detalles del Bicentenario.
Tiene razón Carmen Aristegui. La comparación es odiosa pero inevitable.
Desde todos los rincones del espectro político, emerge un consenso: México puede aprender de Brasil. Lo anterior no sorprende, pues en medio de la tormenta es natural dejar de remar para buscar un faro. Una rápida búsqueda en los archivos de la página de opinión de El Universal es ilustrativa: El primer editorial de Cesar Nava como Presidente del PAN se tituló “Mirar al Sur”, y el tema fue Petrobrás (18 de agosto). El líder del movimiento Lopez-obradorista Manuel Camacho escribe que “con una alianza progresista y un gobierno decente”, nuestro país puede recuperar todo lo que hoy tiene Brasil (5 de octubre). Por su parte, la dirigente priísta Beatriz Paredes nos recuerda su “brasiliofilia” (6 de octubre).
Lo sorprendente es que esta admiración compartida no parece influenciar la práctica política en México. Los partidos políticos en Brasil han aprendido que después de las elecciones tienen que bailar samba juntos. En cambio, los partidos políticos mexicanos siguen buscando acaparar el escenario como solistas, entonando “El Rey” cada quien por su lado.
Si queremos aprender de Brasil, deberíamos explorar como es que en circunstancias similares, Cardoso y Lula lograron impulsar una agenda de gobierno robusta y ambiciosa, mientras que Fox y Calderón cojearon hasta el final de sus sexenios. Ninguno de los partidos de estos cuatro presidentes tuvieron por si solos mayorías legislativas en el Congreso. En México, esta debilidad resulto en un fin anticipado de sus sexenios. Arrinconados por la oposición, los Presidentes mexicanos logran poco tras las elecciones intermedias. En cambio en Brasil, cada elección presenta una oportunidad para fortalecer al Presidente, renovar alianzas y relanzar proyectos.
Hoy el Partido Acción Nacional ocupa 28.6% de los escaños en la Cámara de Diputados, y el Presidente Calderón parece atado de manos. En cambio, el Partido de los Trabajadores controla hoy solo el 16% de los asientos en la Cámara baja brasileña, y Lula parece más fuerte que nunca. ¿Cómo es que la clase política brasileña logra construir un consenso nacional, mientras que en México seguimos haciendo política con mentalidad de cangrejos?
Más allá del factor de liderazgo presidencial, que importa por supuesto, una posible explicación puede encontrarse en nuestras reglas electorales. En México, basta con una mayoría simple para llegar a la Presidencia. En Brasil, si ningún candidato obtiene la mayoría de los votos, debe competir en una segunda vuelta electoral. Como resultado, en México las elecciones más reñidas producen a los gobernantes más débiles. En cambio la competitividad electoral obliga a los líderes cariocas a abrir espacios, negociar agendas y construir alianzas.
Veamos los resultados. Ambos países tienen una estructura federalista, en la que los gobernantes locales no necesariamente son del partido del Presidente. Sin embargo los gobiernos de Cardoso y de Lula lograron centralizar y focalizar el gasto público, mientras que en México los gobernadores obtienen cada vez mayor control sobre el destino del presupuesto y menos supervisión en el gasto. En Brasil el Congreso aprobó una Ley de Responsabilidad Fiscal que permite perseguir penalmente a los gobernadores y a los alcaldes que hagan mal uso de los recursos públicos, o que dejen a sus entidades endeudadas. En cambio, ningún partido en el Congreso Mexicano cuestionó la eliminación de la Secretaría de la Función Pública, decisión que prácticamente entrega la fiscalización de las transferencias federales a los propios gobiernos locales. En Brasil, la carga fiscal continúa siendo la más alta del continente, hecho que permite impulsar una ambiciosa agenda social. En cambio en México hablar de impuestos implica paralizar al Congreso. En nuestro país la oposición discute estrategias para debilitar al Presidente. En Brasil no.
Una y otra vez, los partidos políticos brasileños adoptan medidas contrarias a sus intereses de corto plazo. A pesar de no tener un partido mayoritario que respalde a su Presidente, la clase política brasileña logra construir consensos suficientes para llevar a su país adelante. En cambio en México seguimos atrapados por un partidismo obtuso que solo ve a la Presidencia como botín.
Hay muchas cosas que podemos aprender de Brasil. La segunda vuelta electoral es una de ellas. www.twitter.com/oneflores
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Etiquetas: brasil, elecciones, politica

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