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22 Sep
2009

¿Donde jugarán los niños?

Curiosidades, Destacados, Encabezados, Vanguardia

Escribo esto de prisa, casi de corrido, pues un evento importante promete interrumpirme pronto. Tras nueve meses de espera, el momento parece haber llegado. Ayer, pasada la medianoche, mi esposa se levantó de la cama asustada. “Parece que está empezando, ¿nos vamos al hospital?”

Estoy a algunas horas de tener un hijo, y hoy comparto con ustedes mi alegría y algunos de mis miedos. Siento como crece dentro de mi un instinto proveedor, ese que quizá sienten las gaviotas cuando desesperadas buscan material para terminar sus nidos. Pero no me engaño. Los seres humanos somos diferentes a las gaviotas.

Por más ramitas que juntemos en lo individual, lo cierto es que nuestras crías pronto deberán enfrentar la ciudad, ese gran bosque que hemos edificado para vivir en lo colectivo. Y no es necesario ser genio para saber que nuestro bosque está enfermo. El hábitat que nuestros padres y abuelos construyeron para nuestra protección se ha convertido en fuente de nuestros miedos y fobias.

No es casualidad que hoy quienes tienen dinero lo gastan construyendo burbujas para sus hijos: casas con bardas altas, fraccionamientos con parques privados, escuelas con inscripciones exclusivas, automóviles que permiten desplazarse sin tener que interactuar con los demás. Somos los seres sociales más antisociales que existen.

¿Dónde jugarán los niños?

Con voz firme pedimos a nuestros hijos: “nunca hables con extraños”. Y después contratamos un ejército de ingenieros y arquitectos para asegurarnos que ni siquiera tengan la oportunidad de desobedecer. Muchos niños pasan los primeros años de sus vidas sin sentir nunca un espacio público. Crecen de la cuna al coche a la casa de la tía. Y entre cada uno de estos destinos hay un trayecto, en lugar de existir un paseo.

Parece casi inevitable. Criamos una generación de niños protegidos, pero descontextualizados. Les enseñamos que lo diferente es peligroso, y que lo desconocido debe evitarse. Las burbujas se revientan tarde o temprano, y lo que queda es una población de ciudadanos que fácilmente transforman el miedo de sus padres en intolerancia. Y el ciclo habrá de repetirse con mayor intensidad, cuando nuestros hijos tengan a nuestro nietos.

No culpo a nadie. Vaya que la ciudad es peligrosa. Ayer mismo vi el video que circuló por los noticieros sobre la balacera en la estación de metro Balderas. Un loco mató a dos e hirió a cinco. Desgraciado. Y yo que quiero que mis hijos aprendan a viajar en metro.

Heme aquí, en la sala de espera del hospital, absorbido con tremendos sentimientos encontrados. Por una parte siento la responsabilidad de proteger a mi hijo, de abrazarlo tan fuerte que nunca tenga cerca nada ni nadie que pueda amenazarlo. Pero por la otra, quiero que crezca gozando la ciudad. Que corra en las calles, que descubra sus rincones en bicicleta, que haga amigos en el parque de la colonia. Quiero que llegue con cortadas en las rodillas, o con un vaso lleno de hormigas, o cargando un perro que encontró en la esquina.

Deseo profundamente que mi hijo tenga constantes oportunidades para hablar con extraños. Quiero que se nutra de la diversidad, que aprenda que las ideas de los demás no son equivocadas solo por ser diferentes. Quiero que mi hijo deje de ser mi calca, y que al inmiscuirse en el contacto con la sociedad, encuentre su propia individualidad. Pero también quiero que salve el pellejo.

Veo a los otros padres que esperan en el hospital, e imagino que se enfrentan a la misma elección. Lamentablemente nuestro instinto social parece perder la batalla. Pareciera que como especie estamos “evolucionando”. Cada vez más familias reaccionamos como gaviotas: Preferimos el islote más alejado y el risco más escarpado para criar a nuestros hijos.

Parecemos olvidar que el ser humano pudo conquistar este planeta precisamente porque buscó soluciones colectivas a problemas individuales. En lugar de desperdiciar nuestro esfuerzo y recursos en construir burbujas privadas, deberíamos concentrarnos en recuperar juntos nuestras ciudades. Nuestro hábitat está enfermo, y nuestro abandono contribuye a su declive. Hay que llenar las calles de carriolas. Hay que ocupar cada columpio. Hay que llenar el silencio con risas.

Por supuesto que hay riesgos, pero solo si los enfrentamos colectivamente podremos reducirlos. Necesitamos del gobierno. Necesitamos de los grupos vecinales. Necesitamos de las iglesias. Pero sobre todo, necesitamos de familias dispuestas a mostrarles a sus hijos que hay alternativas.

Y los dejo porque parece que ya voy a ser papá.

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  • tremolotrueno

    Muchas felicidades y muchas gracias por compartirlo.
    Saludos

  • Chuy Beto 1971-?

    oye es de los mejores que te he leido, felicidades

  • José Luis Leyva

    Muchísimas felicidades. Lo mejor para tí y los tuyos en esta nueva etapa.

  • Vito

    Felicidades padre de dos…por lo pronto.
    Me gustó tu artículo, lo leí varias veces, sin duda tienes razon, hay que volver el tiempo atras como la colonia República de los 60,70 y algo de ochentas, esepero que tus hijos y mis nietos tengan esas experiencias o cundo menos similares, abrazo para ti y Malusa.

    H

  • Ma Isabel

    uno de los mejores, ya lo han dicho,´pero refleja muy bien la difícil decision personal de encerrarte para proteger a los tuyos y tu integridad o comprometerte hasta el tuétano por el beeneficio colectivo.
    ¿crees que el ciudadano que internvino en la balacera del metro para atrapar al agresor es un héroe o un tarugo?
    ahi está el dilema
    mil felicidades

  • oneflores

    prueba

  • Luis

    Lo acabo de leer excelente reflexión.