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1 Jul
2009

El PRI: entre la experiencia probada y la nueva actitud

El Universal

En mi post anterior describí mi opinión sobre la plataforma electoral del PRI. Sin embargo, el análisis así planteado no está completo. Los documentos del partido pueden decir misa, mientras los personajes con poder hacia el interior del partido no las hagan propias. Esta es mi opinión sobre el momento que vive el PRI como organización.

Desde la derrota electoral del 2000, el PRI sufre de un caso grave de identidad múltiple. Ante la ausencia de un Presidente todopoderoso que marque una agenda nacional coherente y que resuelva conflictos internos, emergen dos grandes facciones que disputan el derecho de dar significado al priísmo del siglo XXI. Ambos grupos promueven candidaturas, uno volteando al pasado y otro al futuro. Uno apuesta por replicar el modelo autoritario a partir de cacicazgos regionales independientes mientras que el otro pugna por la construcción de una oferta nacional con consistencia ideológica, adecuada a los retos del mundo de hoy, y mucho más abierta a la participación de la ciudadanía.
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La campaña electoral de 2009 demuestra que esta batalla aún no produce un ganador absoluto. Ante la disyuntiva de presentarse como el partido de la experiencia o como el partido de las nuevas ideas, el PRI corta por lo sano y escoge las dos. A los nostálgicos que demandan pragmatismo ofrece “experiencia probada” mientras que a los reformistas que sueñan con un proyecto socialdemócrata con viabilidad electoral promete “una nueva actitud”. Fiel a su diseño como partido paraguas y a su tradición histórica de dar cabida a visiones contradictorias (como aquella de “institucionalizar la revolución”), el PRI de 2009 incorpora y combina los reclamos de facciones opuestas como bandera de campaña. Al menos según las encuestas, la estrategia parece funcionar.

Bajo el liderazgo de Beatriz Paredes y con el respaldo territorial de diputados, alcaldes y 18 gobernadores, el PRI se ha consolidado como la primera fuerza política del país. Fue el ganador indiscutible en las elecciones de 2008 y cabalga en caballo de hacienda para consolidar su control sobre el Congreso. De acuerdo con la última encuesta de Mitofsky, el PRI ha logrado dar el círculo completo. Hoy por hoy, es el partido que genera mayores simpatías y menores rechazos. ¿A qué facción responde este PRI triunfador? ¿Cuál de las dos agendas –la de los nostálgicos o la de los reformadores- dominará en lo que seguramente será un Congreso con mayoría del PRI? ¿Quién manda en el partido?

La fuerza histórica del PRI provenía de la disciplina de sus miembros. Durante su época dorada los más importantes proyectos y las reformas prioritarias eran decididas en el círculo cercano al Presidente. Por supuesto que había negociaciones internas y tratos por debajo de la mesa, pero una vez que la decisión se tomaba, todas las fichas se acomodaban casi mágicamente. No había ningún incentivo para pelearse con el Presidente. Dicho modelo -monolítico y autoritario- no tiene cabida en el México moderno, pues asume que el ciudadano común es tan solo un observador, y que necesita intermediaros para identificar sus intereses.

Sin embargo, en buena parte de los gobiernos estatales priístas este modelo sigue vigente. El dedo del Gobernador ha sustituido al dedo del Presidente, y el programa que guía sus administraciones responde más a las personalidades sexenales locales que a un proyecto nacional compartido. En ese entorno, el liderazgo nacional del partido aparece como cautivo. Al menos en el corto plazo, depende de la fuerza política y presupuestal que controlan los gobernadores para crecer electoralmente. La apuesta es tan pragmática como lamentable. Independientemente de la retórica de campaña, dicha relación de dependencia no es propicia para “la nueva actitud” .

En la última versión de sus documentos básicos, el PRI se autodefine como un “partido federal”. En la práctica, esto significa que quienes llevan mano son los gobernadores, los pragmáticos, y los nostálgicos de la “experiencia probada”. Si en Puebla ha resultado efectivo silenciar a la prensa, si en Oaxaca la impunidad manda, si en Coahuila la única vía de acceso a los puestos principales es la cercanía con la familia gobernante, no importa. Solo ellos saben ganar elecciones.

Sin embargo, el partido que así crece no genera simpatizantes comprometidos, sino soldados que acatan órdenes; no propicia la búsqueda de mejores ideas, sino disciplina interna; no construye una plataforma atractiva en ausencia de presupuesto público, sino que encadena al partido a los grandes intereses y a la vigencia de lealtades clientelares. El partido que así trabaja podrá mantener y movilizar a su voto duro, pero fallará en su intento de entusiasmar a una generación dispuesta a considerar el voto nulo como verdadera alternativa.

Dado el estado de descomposición de las izquierdas en México, el PRI podría convertirse en el mejor contrapeso al gobierno. Su compromiso ideológico con un estado fuerte y con políticas públicas que privilegien la búsqueda de la equidad y la justicia social parecen adecuadas para la época. La capacidad de muchos de sus cuadros permite imaginar una oposición constructiva y responsable. Sin embargo, el proyecto de nación del partido hoy parece acotado por los intereses localistas de sus personalidades. Beatriz Paredes y el ala reformista del partido –incluidos algunos gobernadores- tienen un gran reto enfrente. El PRI de la “experiencia probada” será suficiente para ganar elecciones y para generar un pastel que repartir, pero no para transformar al partido y para corregir el rumbo en el país. Para ello es necesario abandonar la comodidad transitoria de las inercias, y dar contenido a esa “nueva actitud”.

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