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26 Mar
2009

Desmitificar la planificación

El Universal, Planeacion Urbana, Vanguardia

(publicado en Vanguardia)

En Saltillo, existe un “plan”. Pocos lo conocen, pero existe. Ahí están plasmadas las aspiraciones de nuestra comuna para las siguientes décadas. Ahí está registrado el sueño de contar con un sistema de transporte masivo, la necesidad de ampliar el relleno sanitario, y la idea de reubicar la Central de Autobuses. Este documento marca los usos de suelo permitidos, los trazos de las nuevas vialidades, las reservas territoriales y las acciones prioritarias. El “plan” es convertir dicho documento en realidad.

Por supuesto las circunstancias cambian, y por ello es preciso hacer modificaciones constantemente. Para empezar, las preferencias de la población no son estáticas. Lo que hoy consideramos indispensable para la vida cotidiana, puede disminuir en importancia o desaparecer en unos cuantos años. La tecnología cambia, y con ella surgen nuevas demandas sobre el espacio físico. Si aceptamos nuestra incapacidad para preverlo todo, es fácil concluir que la planificación urbana es falible, y que cuando se ejerce de manera rígida representa una imposición indeseable sobre las nuevas generaciones.

Además, el desarrollo urbano es tan dinámico que frecuentemente los planes oficiales persiguen a la realidad, y no al revés. Un ejemplo es Derramadero, donde primero se especuló con los terrenos, después se anunciaron las inversiones gubernamentales, y sólo cuando ya había pasado la estampida, el Cabildo aprueba un plan parcial para la zona. En dicho caso –como en tantos otros-, la planificación no “rige” al desarrollo urbano. Se conforma con intentar ordenarlo.

Dadas estas limitaciones, no debemos escandalizarnos ante la necesidad de modificar frecuentemente el Plan Rector de la ciudad. Al contrario. Un plan en permanente revisión habla de una ciudad en movimiento.

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Lo que si preocupa es que los mecanismos de revisión sigan siendo opacos y reservados para unos cuantos. Bajo el argumento de que la planificación urbana es territorio de expertos, la mayoría de la población es excluida de la toma de decisiones. En teoría, el planificador representa algo así como un asesor imparcial, que no conoce de calendarios electorales o de alianzas políticas. Su misión es dar recomendaciones que privilegien el interés público, aún cuando estas sean inmediatamente impopulares o cuando pisen los callos de aquellos con acceso al poder. Sin embargo, la imparcialidad que sugiere el ideal de la disciplina simplemente no existe. Los conocimientos técnicos podrán dar autoridad, pero no garantizan independencia.

Detrás de su fachada técnica, la planificación se desenvuelve entre el continuo estira y afloja de los más diversos intereses en la ciudad. El resultado es mucho más arte que ciencia, un proceso que busca cumplir su objetivo sin dejar de acomodar los intereses de quienes tienen los bates más pesados o los micrófonos mas sonoros. Ejercida así, la planificación urbana es poco más que un instrumento legitimador. Cuando conviene, se dice que el proyecto X está considerado en “el Plan”. Cuando no, simplemente se convoca a una junta, el plan “se revisa” y se autorizan los cambios necesarios.

Nunca hemos visto que las modificaciones al Plan Rector de Desarrollo en Saltillo se sometan a un plebiscito, como sucedió la semana pasada en la Ciudad de Vitacura, en Chile. La visión sobre el futuro de la ciudad se presenta como un producto terminado, no como una lista de alternativas para discusión, como hicieron recientemente en París. Es cierto que todos votamos periódicamente para renovar el Ayuntamiento, pero la realidad es que escogemos entre generalidades y atributos personales. El como, cuando y que se decide después de la elección, con un inmenso margen de maniobra. La traducción de los eslóganes en políticas públicas, y de la plataforma de campaña en plan de desarrollo urbano, queda fuera del alcance del elector.

Deliberar sobre cada bache que tapan las autoridades sería un ejercicio imposible e indeseable, que llevaría a la parálisis del gobierno y a otro tipo de excesos. Pero también es cierto que algunas decisiones son tan importantes –sobre todo aquellas que afectan profundamente el patrón de crecimiento de la ciudad- que requieren mayor legitimidad democrática. El Plan Rector debería ser un instrumento abierto, accesible y entendible para las mayorías. Incidir sobre él no puede continuar siendo privilegio de unos cuantos. Sólo desmitificando a la planificación urbana, y entendiéndola como lo que es -un ejercicio eminentemente político- podremos abordar sus limitaciones.

Una idea para empezar: Pongamos más sillas alrededor de la mesa.

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