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24 Dec
2008

Tiempo de Sonreír (a pesar de todo)

Curiosidades, Vanguardia

(Publicado en Vanguardia el 25 de diciembre)

La Navidad es una tregua. Por un momento el miedo –al crimen, al desempleo, al futuro- se relega a un segundo sitio. Se vale sonreír, repartir abrazos, hablar de esperanza. No importa que el menú de la cena haya incluido más pollo y menos pavo. No importa que haya menos regalos bajo el pino. Pocos se dan cuenta, porque la Navidad es una tregua.

Unos cruzan la ciudad y otros el mundo. El precio de los pasajes y el peligro de las carreteras desanima a pocos. En esta época, las familias se reúnen y conviven. Llega el hermano que trabaja en Estados Unidos, el tío que solo se deja ver una vez al año, la prima cargando a su bebé recién nacido. Cada uno tiene sus propias historias de miedo, pero hemos declarado una tregua. La angustia se deja en la puerta, porque la Navidad es tiempo de repartir cariño y construir recuerdos.

Todos hacen el mejor esfuerzo por esconder sus preocupaciones. Nadie lo hace mejor que el paisano que cruza el país con su camioneta cargada de obsequios. Quizá no tenga empleo seguro esperando su regreso, pero los parientes de este lado no tienen porque saberlo. Es claro que la Navidad y las malas noticias no combinan.

Hoy, día 25, el recalentado se convierte en una extensión de la cena. Los niños abren sus regalos, y sus ojos revelan como la alegría del instante tatúa su memoria. Vale la pena aislarlos de todo eso que está allá afuera, aunque sea por unos momentos. Para eso es la vida, para eso somos padres.

Mi hijo tiene dos años, y ya descubrió que esta época es mágica. Tiene toda la semana visitando parientes que celebran sus gracias y lo cubren de besos. Abrirá sus regalos lentamente, batallando con cerros de listón, papel y cinta adhesiva. No importa lo que encuentre dentro. Su inocencia es tal que podría haber piedras y la sonrisa sería la misma. Al menos, por supuesto, que encuentre calcetines.

Estoy seguro que mis padres enfrentaron años difíciles. Sin embargo mis recuerdos de Navidad son invariablemente felices. Les agradezco haber escondido sus miedos y preocupaciones. Hoy me dispongo a continuar la tradición haciendo lo mismo.

El 2008 fue complicado, y el año que viene no promete ser mejor. Basta hojear el periódico para darse cuenta. El crimen ha desbordado al Estado, y la crisis de la economía norteamericana amenaza el sustento de muchas familias saltillenses. Pero eso ya lo sabemos, y pronto tendremos oportunidad de sacar la casta y salir adelante. Hoy es Navidad, y podemos concedernos un respiro.

Todo aquel que haya jugado futbol conoce la importancia de aprovechar las pausas en el partido. Hasta los mejores futbolistas las necesitan para reagruparse y recobrar fuerzas. Esos segundos en los que el jugador no necesita proteger su portería sirven para despejar la mente o para animar a sus compañeros de equipo. Pronto se escucha el silbato, y con bríos renovados es posible cambiar el destino.

Esta época debe ser para todos un oasis, un descanso, una pausa, un recreo. Navidad es una oportunidad invaluable para ignorar los miedos y concentrarnos en lo que verdaderamente importa en la vida. Juntos, en familia, cargaremos baterías para enfrenar esos retos que hoy nos roban el sueño.

De eso se trata la Navidad precisamente. Celebramos la llegada de la esperanza, aún en medio de la peor de las tormentas. Recordamos como alguien inició su vida en un pesebre, en pobreza absoluta, rodeado de vacas y burros. Seguramente las circunstancias invitaban a sentir angustias y temores. Sin embargo, el ambiente de unidad y alegría transformó el miedo en esperanza. Que venga el 2009 con toda su furia. Hemos enfrentado malas épocas en el pasado, y siempre los coahuilenses hemos salido adelante.

Me había prometido no convertir este artículo en un texto meloso. Supongo que fallé terriblemente. Este columnista pide una tregua al análisis, y se limita a escribir lo que hoy corresponde: Feliz Navidad.

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