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19 Nov
2008

La Virgen de los Sicarios, ¿segunda parte?

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Por recomendación de un amigo colombiano renté “La Virgen de los Sicarios” (2000). Orale. Parece un documental sobre lo que puede pasar (¿o ya pasa?) en Laredo, o Chihuahua, o Torreón en nuestros días.

La película está basada en Medellín, justo después de la caída del capo Pablo Escobar, y mucho antes de que esto ocurriera. Los sicarios han dejado de tener un jefe absoluto y disputan a balazos lo que queda del pastel. Sin un capo que se imponga -y con un estado de chocolate- domina la ley de la selva. Pronto la violencia deja de ser instrumental (‘te mato para quitarte un negocio’) y se convierte en cotidiana (‘te mato porque me miraste feo’). Pronto deja de ser exclusiva de aspirantes a mafioso, y es abrazada por cualquiera como herramienta legítima de supervivencia.

La Virgen de los Sicarios no es una película sobre la disputa por el comercio de las drogas, sino sobre la violencia como rutina, a todos los niveles de la población. El llevar pistola se entiende indispensable, “por lo que pueda pasar”, y el más pequeño incidente -una discusión en el metro, un vecino ruidoso, un taxista que no le baja el volumen al radio, una mesera con mala actitud- basta para detonar una ejecución inmediata.

Cada caído es vengado por un hermano, o por un amigo. El ciclo pronto deja de tener lógica, convirtiendo a cualquiera en sicario. Convirtiendo a todos -hasta al peor criminal- en profundo devoto. No hay quien sobreviva sin protección de Dios.

Que miedo. Podrían hacer la segunda parte en Laredo, o en Chihuahua, o en Torreón.

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Update: Por cierto, sobre lo mismo, el artículo de hoy de Granados Chapa inicia así:

Pude afirmarse, con apenas un ápice de exageración, que no hay ciudad o villorrio, fraccionamiento de lujo o abandonado centro de población ejidal, camino de herradura o moderna autopista, terreno labrantío o parque industrial en todo México por sobre los cuales no haya soplado el viento negro de la violencia criminal. Sus destructores efectos, sin embargo, se concentran de modo inequívoco en media docena de entidades: Chihuahua, Baja California, Sinaloa, México, Tamaulipas, Michoacán. Y como si obedeciera a un calendario explícito, la acción delincuencial se intensifica de pronto en algunas de ellas, obligando a que la consternada mirada nacional se detenga con mayor atención en el norte, en la costa del Pacífico, en el centro del país, alternativa o simultáneamente.

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