2008
El divorcio en los partidos políticos
UncategorizedEn los últimos días he estado siguiendo un fiero debate cibernético. Todo inició con la columna de la semana pasada de Jesús Silva-Herzog, en la que celebra que en México esté practicamente prohibido divorciarse… de tu partido político.
La separación es tan costosa que, quien se animara a dejar el domicilio conyugal, quedaría a la intemperie y en el desamparo más absoluto. No es que esté formalmente penada la ruptura, pero en los hechos es prohibitiva. Quien permanece dentro se queda con la casa, los muebles, el dinero, el reconocimiento público. Usará libremente el nombre y los símbolos de la casa. Quien se sale encuentra, por el contrario, el frío y la amarga compañía de su disgusto. Descobijado, recibirá si acaso, invitaciones de partiduchos. De ahí que los matrimonios partidistas sean nefastos pero eternos. No lo lamento. De hecho me parece sensato que se reduzca el espacio del transfuguismo y que se aliente la estabilidad de las formaciones políticas. En esto no me uno a los denunciantes de la horrible partidocracia. Me parece útil que se fomente la permanencia de los partidos y que se eleven los costos de la escisión.
Su razonamiento es que con costos tan altos de salida, los miembros de los partidos que están en desacuerdo con sus dirigencias tienden a aguantar vara. En opinión de Silva Herzog, existe valor en obligar a los “conygues inconformes” a procesar sus diferencias al interior.
Las respuestas no se hicieron esperar. Andrés Lajous, recién divorciado, y hablando con la legitimidad de la experiencia, contesto que a veces el divorcio es necesario. Carlos Bravo solterón en sus treintas, advirtió sobre las desventajas de dormir con el “enemigo íntimo”. El argumento de ambos es que la competencia es el mejor camino para reducir las deficiencias. Sorprendiendo a quienes los conocen, ambos parten de una idea sumamente mercantilista. Que la “mano invisible” del mercado de partidos políticos haga el trabajo sucio. Si los inconformes “votan con los pies” pronto las dirigencias comenzarán a perder elecciones, y tarde o temprano tendrán que reaccionar.
El debate es entretenido, pero ni un lado ni otro me convencen. Como en muchas otras discusiones en nuestro país, las partes se atrincheran en posiciones del todo o nada. Es una lástima, pues creo que existe un espacio enorme entre “casados en la salud y en la enfermedad” y el “vieja… ahorita vengo, voy por los cigarros”.
Solo la posibilidad del divorcio genera el efecto buscado por Silva Herzog. Para que las dirigencias realmente escuchen a los militantes inconformes, tiene que estar por ahi -aunque sea implícita- la amenaza. Dicha amenaza no será creíble nunca si los costos de la renuncia son prohibitivamente caros. Es como el niño de trece años que le dice al papá que dejará la casa. El papá se preocupa, pero nunca demasiado. La amenza no es creíble porque el niño no tiene a donde ir.
Por otra parte, solo con barreras de salida es posible evitar que los partidos se conviertan en reductos de mañosos. Desgraciadamente cuando la salida es fácil y la posibilidad de iniciar un nuevo partido se mantiene demasiado accesible, los mejores militantes -los más preocupados por la escencia del partido- se van primero. Al perder a estos miembros (Andres… por ejemplo), el partido pierde su mejor oportunidad para retomar el camino.
Por lo mismo, ni matrimonios indisolubles, ni uniones libres.
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Etiquetas: democracia, partidos, Silva Herzog

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