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22 May
2008

Jugando con balón ajeno: La política industrial en México

Desarrollo económico y empleo, Vanguardia

Hoy es posible volar en aviones brasileños, trabajar con software indio y recorrer las calles en autos chinos. No me refiero a aviones, sistemas o carros ensamblados por compañías transnacionales, sino a productos concebidos, fabricados y patentados por empresarios de países “en desarrollo”. Mientras tanto México sigue dedicado a producir las ideas de otros, maquilando bajo diversos esquemas y niveles de complejidad, pero maquilando al fin. A pesar de que esta actividad genera empleo, nos mantiene irremediablemente concentrados en el eslabón mas bajo de la cadena de valor y fuera de la economía del conocimiento.


Los defensores de la liberalización económica de los ochentas y noventas pensaron que abrir el mercado era suficiente para detonar el desarrollo. En lugar de gastar recursos en reinventar el hilo negro, la división internacional del trabajo nos permitiría aprender de los inversionistas extranjeros. Las autoridades de esa época decidieron que proteger a la ineficiente industria nacional era inútil y en consecuencia su mensaje fue fulminante: Si no pueden competir, despejen la cancha.


Tras 14 años de vigencia del TLCAN, y salvo algunas destacadas excepciones, la cancha esta dominada por firmas extranjeras. En efecto, las exportaciones han crecido sustancialmente, pero el número de patentes registradas anualmente por mexicanos ha permanecido casi inmóvil y el nivel de valor agregado de los productos fabricados en México ha decrecido. A pesar de las promesas, la transferencia de tecnología resultó ser un gran mito.


No se puede negar que para Saltillo el actual esquema ha resultado provechoso. Gracias a la llegada de inversiones extranjeras, la ciudad se ha consolidado como un cluster automotriz y de autopartes. Sin embargo, la viabilidad económica de la región depende cada vez más de decisiones corporativas tomadas en Detroit y Nueva York y menos en nuestra capacidad y espíritu emprendedor. Los límites de la actual política industrial han dado lugar a una relación de dependencia, en la que Coahuila y México se mantienen permanentemente en riesgo de ser sustituidos por otros proveedores de mano de obra barata.

¿Por qué no hay ninguna compañía mexicana produciendo automóviles? ¿Cuántos ingenieros saltillenses empleados por Magna, Dephi o Lear han transformado su conocimiento en empresas que hagan mejores productos a menores precios? El camino ejemplar del Grupo Industrial Saltillo, que al amparo de otra época logró evolucionar de cacerolas a motocicletas y después a cabezas de motor, sigue siendo la excepción y no la regla. A pesar del optimismo de finales del siglo XX, existe solamente una compañía mexicana entre los 150 principales proveedores de autopartes en Norteamérica: la regiomontana Nemak, filial del grupo Alfa.

En contraste China (que por cierto instauró su política automotriz el mismo año en que México firmó el TLC), obligó a las grandes armadoras a que compartieran su tecnología. Como llave a su inmenso mercado, requirió a los inversionistas extranjeros que se asociaran con empresas locales. Como resultado, existen hoy 22 compañías netamente chinas produciendo no solo partes sino automóviles completos. La más grande –Chery- exportó 118,000 vehículos en 2007 y otra –FAW- está por abrir una planta en Michoacán. Quienes no sabían fabricar automóviles hoy nos contratan como empleados.

¿Importa la nacionalidad de las empresas? La pregunta me recuerda al grupo de niños que juegan fútbol en el parque. Mientras no haya ningún conflicto, no importa quien sea propietario de la pelota. Pero al final del día, alguien tiene control sobre el juego, y dominio sobre quien participa y quien no. Estados Unidos tiene a Chrysler, Japon a Toyota, India a Tata, China a Chery, Corea a Hyundai, y Brasil a Embraer. Nosotros no tenemos balón, y seguimos dependiendo de que otros nos consideren dignos de jugar.


Cuando la alternativa es entre maquila o desempleo, la inversión extranjera representa la tierra prometida. Con tal de asegurar su llegada hay que perdonar impuestos, ofrecer el terreno, construir la nave, mejorar la infraestructura, subsidiar la luz, eliminar reglamentos y lo que se ofrezca. La dinámica es sencilla: Que el inversionista diga perro y el gobierno ladra. Pero si el objetivo es escalar en la cadena de valor –como ya es necesario en buena parte de México-, la política industrial debería ser más selectiva y estratégica. No se trata de atraer cualquier empleo a cualquier costo, sino de construir el entorno necesario para que una industria propia pueda nacer y florecer.

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