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27 Feb
2008

Ojos en la Calle – Camaras Urbanas

Disfrute del espacio público, Vanguardia

Jane Jacobs, una de las más afamadas sociólogas urbanas, siempre defendió que la mejor receta para mantener la seguridad pública es multiplicar los “ojos en la calle”. Se refería a los ojos de las amas de casa, de los vecinos y de los niños jugando en el parque. De acuerdo con su teoría, es posible tener ciudades seguras con fuerzas policíacas pequeñas. Si la ciudadanía usa intensamente el espacio público, no queda lugar para la criminalidad.


Desgraciadamente, cada vez hay menos ciudadanos con los ojos en la calle. Quienes antes se sentaban frente a la entrada de su hogar a disfrutar del fresco hoy se sumergen en el Facebook o en la última novela del Canal de las Estrellas. Hasta la arquitectura de las casas refleja esta nueva preferencia. Las ventanas amplias y los porches con mecedoras han sido sustituidos por bardas altas y puertas pequeñas. El resultado son calles solas, obscuras y tristes, que dan la bienvenida al grafitero, a la pandilla o al puchador. Sin ojos en la calle, la lucha contra el crimen está perdida.


Quienes pueden pagar contratan guardaespaldas, o se mudan a un fraccionamiento con seguridad privada, o le ponen alarma a su casa. Quienes pueden pagar todo hacen todo lo anterior. Pero la gran mayoría de los ciudadanos tenemos ingresos limitados, por lo que nuestra seguridad depende de la fuerza del estado. Por eso celebramos cuando la policía multiplica sus ojos en la calle, contratando a nuevos agentes o comprando más patrullas.


Desgraciadamente, no hay ni habrá presupuesto suficiente para poner un policía en cada esquina. La imposibilidad de cubrir este déficit ocular callejero explica por que tantos gobiernos están experimentando con nuevas tecnologías. Para muestra un botón: Durante la última década los ciudadanos del Reino Unido se convirtieron en los más observados del mundo. Desde principios de los 90 su gobierno instaló más de un millón de cámaras urbanas en más de 500 poblaciones. Los detractores dicen que todavía no se demuestra una caída sustantiva en la actividad criminal. Los promotores responden con encuestas que sugieren que la gente se siente más segura. En lo único que están de acuerdo es que en aquel país Big Brother te observa, y en serio.


Recientemente la ola llegó a Coahuila. Los alcaldes de Saltillo y de Ramos Arizpe iniciaron la instalación de cámaras urbanas en sus municipios. La polémica en la tierra del Piporro ha sido tan estruendosa como la levantada en la tierra de los Beatles. Evidentemente, el balance entre seguridad y privacidad es muy delicado: ¿A quien observan? ¿Quién observa? ¿Cuánto observan? ¿Por qué observan? ¿Qué se hace con lo que se observa?


La preocupación es justificada. En esta era de la información cualquier imagen puede circular alrededor del mundo en segundos. Al voyeurismo no le importa que seas un niño victima de crueles travesuras (¿se acuerdan del “!yaaaa gueeeey!” en You Tube?), o un policía de Torreón en una “inocente” teibol fiesta. Por ello, antes de embarcarnos en una estrategia de este tipo es preciso discutir y definir reglas claras que aseguren su buen uso.

A pesar de los riesgos, el debate vale la pena. Hace tan solo unos días vimos como la grabación de una cámara similar sirvió para identificar a los responsables del reciente bombazo en el Distrito Federal. Además, ser observado en la calle no implica una violación per se de nuestros derechos humanos. Después de todo, las cámaras son solo una tecnología, similar a las patrullas, los radios, o las casetas. Al otro lado de ellas estará un policía, uno de esos funcionarios a los que precisamente contratamos para que vigile lo que sucede en nuestras calles.


Sin duda es preferible construir una ciudad que no necesite de cámaras ni policías para mantener ojos en la calle. Una ciudad como la recomendada por Jane Jacobs, donde las banquetas tienen uso continuo, y las cortinas se mantienen abiertas. Sin embargo, estamos lejos de lograrlo. Por eso necesitamos ojos en la calle, aunque sean electrónicos.


Publicado en Vanguardia, 28 de febrero 2008

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