2007
El automóvil: Producto del Siglo (pasado)
Coche, VanguardiaPara publicación en Vanguardia el 26 de septiembre, 2007
Creo que ni siquiera la Coca Cola ha sido más exitosa. En tan sólo un siglo, el automóvil dejó de ser un ingenioso prototipo para transformarse en el más importante determinante de cómo se diseña una ciudad. Convertido casi en producto “de primera necesidad”, el coche ha transformado la vida del ser humano. Su preponderancia es tal, que en ciudades como nuestro Saltillo, el peatón tiene que adaptarse al coche, y no al revés.
No siempre fue así. Hace tan solo unas décadas, la gente caminaba al trabajo o a la escuela. Tenía sentido para un comerciante invertir en un bonito aparador, pues su clientela era captada desde la banqueta. En una misma cuadra, podías encontrar casas, comercios y oficinas. La necesidad de cercanía física propiciaba un uso del suelo conducente a la interacción entre vecinos y a la generación de comunidad.
Sin embargo, la modernización del transporte facilitó la desconcentración de las ciudades. De pronto, ya no fue necesario vivir en el Centro. Un simple camino pavimentado bastaba para transformar viejas huertas de la periferia en candidatas naturales para urbanizar.
Los constructores –esos sabios intérpretes de las realidades del mercado- fueron los primeros en entender esto. Construir para arriba siempre resulta más caro que hacerlo para los lados. ¿Para que gastar en un segundo o tercer piso en un inmueble en la calle de Bravo, si hay terrenos baratos en Real de Peña?
Así, brotaron fraccionamentos en cada vez más distantes rincones de nuestra capital. La caída de los precios de los autos y el aumento del poder adquisitivo de la gente aceleró el proceso. Eran los sesentas y setentas, una época de gran crecimiento económico. Durante esos años del “milagro mexicano”, muchas familias descubrieron que completaban cuando menos para un “vochito”.
Tener coche se convirtió rápidamente en símbolo de estatus, de libertad y de progreso.
Todos querían uno. Sin embargo, para que la gente disfrutara cómodamente de sus nuevos automóviles, era indispensable contar con una extensa red de calles. La clase gobernante entendió la señal, y desde entonces no ha dejado de invertir masivamente nuestros impuestos en pavimento.
Buena parte de estos recursos podrían (y pueden) destinarse a mejorar el transporte público o el espacio peatonal. Sin embargo, siempre se privilegió la “ciudad del automóvil”. Quizás nunca pasó por la mente de los alcaldes del pasado el hecho de que la inversión en pavimento representa un evidente subsidio a fabricantes como General Motors y Chrysler. Un apoyo que solo puede ser equiparable a sinsentidos como pagar con impuestos envases de Coca Cola o televisiones de Televisa.
No sabemos si fue primero el huevo o la gallina, pero entre más gente compraba su automóvil, más se justificaba desparramar la ciudad. De la misma manera, entre más se extendía la mancha urbana, más necesario se volvía el coche. Si a esto añadimos el hecho irrefutable de que el transporte público en Saltillo nunca ha ofrecido una alternativa digna y eficiente, no es difícil adivinar el resultado: El cambio en la fisonomía de la ciudad se tornó irreversible.
Un ejemplo muy claro de la “ciudad del automóvil” está en el diseño de los grandes centros comerciales. Desarrollos como Wal Mart, Soriana o Liverpool, son concebidos como islas en un enorme mar de estacionamientos. Quien quiera acceder a estos sitios caminando o usando el transporte público es forzado a recorrer grandes distancias. El mensaje es evidente: preferimos clientes con coche.
En la medida en que este patrón de construcción se multiplica y se imita desde el gobierno, se van reduciendo los espacios para el peatón. De pronto, parece hasta ilógico e irracional preguntar por qué no hay banquetas en el Boulevard Colosio o en el Nazario Ortiz. ¿Quién las necesita?
De la misma manera, las fachadas de los nuevos edificios ignoran el detalle porque están diseñados para ser vistos a altas velocidades, desde la ventanilla. Como todos los lugares son similares, salir a la calle ya no es un paseo. El espacio urbano ya no se disfruta, solo se usa. En la “ciudad del automóvil”, lo importante no es el trayecto, sino el destino.
Hoy por hoy, es difícil siquiera imaginar una alternativa. Aceptamos el status quo sin cuestionar, y gustosos o no, nos desplazamos en coche porque Saltillo no es una ciudad de ciudadanos, sino de automovilistas.
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